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El Alma en Pena

Una tragedia se convierte en leyenda popular del sector las almas en pena.


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Leyenda El Alma en Pena

A poca distancia de la Cueva de San Francisco se encuentra el puente del mismo nombre, adornado a un extremo por un frondoso higuerón y al otro por una antigua cruz de piedra. En tiempos pasados el puente que carecía de pasamanos era motivo de accidentes y desgracias.

Por haberse convertido en tópico el tema de fantasmas, damos paso a posibles realidades que a fuerza de contarlas se han convertido en leyenda.

En aquellos tiempos los habitantes de Baños sobrevivían del producto de la caña de azúcar. Nadie interfería en la comercialización de mieles, panela y principalmente aguardiente. Pero los avatares de la política cambiaron la situación con leyes opresoras.

Se impuso un hacendado favorito del gobierno a quien lo apodaban El Gran Turco. Ostentaba la representación de estanco provincial y por ello, toda la producción licorera había que entregárse a él, quien desde entonces empezó a ejercer su autoridad.

Cada pequeño propietario poseía su alambique destilado y su clientela dentro y fuera de la comarca. Entre los malestare ocasionados por la nueva ley sobresalían la reducción de ingresos para los agricultores y la antipatía hacia el hacendado.

Este por su parte al verse defraudado en la entrega del producto, buscó respaldo de hombres armados para imponer sus derechos.

Fue tal su audacia que logró convencer a muchos elementos disidentes de la comunidad tanto para agentes armados como espías secretos.

La cuadrilla del hacendado auxiliada por la red de espionaje se hallaba al tanto de la cantidad destilada de cada propietario, la hora de salida del contrabando y lugares de expendio. Los guardas informados previamente de las encrucijadas, desfiladeros y puentes esperaban a la recua.

Temerarios con ímpetu digno de mejor causa se lanzaban a la contienda armada, mientras desfilaban amparados por las sombras nocturnas las recuas cargadas de barriles y zurrones.

En veces el fragor era tal que caían unos y otros heridos de muerte, rodaban las acémilas heridas y ante la luz  siniestra el alcohol en llamas corría la sangre por los pies de la fiereza vencedora.

Nombres de legendaria bravura han transformado los tiempos en trágicos recuerdos: Los Ángeles, Los Segundo,

Papazo, Ortega, como también tipos pintorescos como un chacateño Esparza que cambió poncho y zamarro por pistola de guarda.

De este contexto socio-ambiental arranca la leyenda del alma en penas. El espionaje había informado que en aquella noche.

Debía pasar por el puente de San Francisco el contrabando de los trapiches de Guambo y Sauce. Desde el oscurecer los guardas concentraron su cabalgata en el encañonado detrás del higuerón. Advertidos los contrabandistas desviaron la recua por la altura de Illuchi y organizaron la celada para abatir a sus enemigos.

La luna estaba opaca en medio de un cielo entolado que apenas permitía distinguir el desplazamiento de sombras que seguían llegando al pie de la cruz del otro lado del puente. El murmullo de voces que arreaban las acémilas simuladamente cargadas alteraba el silencio del paraje.

Rumososo el río hería con chasquidos lúgubres las profundidades ahítas de tragedia. Nadie se atrevía a iniciar el cruce del puente a pesar de retos humillantes. Indignados los guardas por las injurias de los falsos contrabandistas, iniciaron el paso con el machete a la mano o el dedo en el gatillo.

De pronto sonó el explosivo colocado de antemano por los contrabandistas en la mitad del puente. Las acémilas espantadas dieron paso en el aire desplomándose a los abismos.

El último infeliz de los caídos lanzó un grito desgarrante que repercutió los antros tenebrosos del Pastaza. Desde entonces los caminantes que en altas horas de la noche se veían precisados atravesar el puente aseguraban haber escuchado varias veces el gemido del alma en penas al fondo encañonado del río.

  • Libro: Leyendas y Tradiciones de Baños
  • Autor: Enrique Freire Guevara


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