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El árbol de Montalvo

Postales del Ayer, El árbol de Montalvo, Baños en mis recuerdos, Rodrigo Herrera Cañar


A 6910 km de tu ubicación

El Árbol de Montalvo Poema

Gigante que fascinabas las infantiles miradas por tu porte de señor y por tu historia.

Baños de Mis Recuerdos

AI pasar por debajo de tu follaje espeso, jugábamos con los halos de luz que penetraban brillantes por tu frondosa cabellera, queriendo tomarlos para guardarlos en las bolsitas descoloridas llenas de ciencia, de lápices y borradores, de nillos y de trompas, de taguas y billusos, de pequeñas baratijas y de travesuras.

Al mediodia, buscábamos salir raudos de la escuela para llegar a ti y esperar que el viento te robe los frutos de tus ramas y nos arroje a Ia distancia para salir corriendo en precipitada competencia a recogerlos y llevarlos a madurar envueltos en hojas suaves y verdes de higuerilla y por las tardes, a espiar por detrás de tu tronco a los enamorados que juntaban sus labios en besos interrumpidos y se brindaban su amor en abrazos intensos sin malicia o también, a ser partícipes de grandes hazañas de muchachos, que chocaban sus dedos para encontrarse debajo de ti y resolver pequeñas rencillas escolares a través de Ia fuerza de los puños, desafiando las notas de conducta, pero sintiendo dentro de si, el orgullo de ser hombres.

Fascinante figura, erguida en la mitad del camino, con tus brazos abiertos recogiendo del cielo las caricias del sol y de la lluvia, transformando el silbido del viento en tenues melodias que llenaban el ambiente de paz y de silencio.

Tu sombra venerable dio luz a las ideas de aquel hombre que fue "el cóndor visionario,“ de aquel hombre que deslumbró al mundo con las ideas de libertad transformadas en libros, en páginas de periódicos, en hechos heroicos de juventudes liberales, en belleza y finura castellana.

Cuando miraba tu entorno lleno de verdor, me imaginaba que a tus plantas debe haber crecido la hierba como un prado de policromos contrastes y ahi, acostado en las frondas, al cosmopolita, con su cabellera ensortijada, leyendo a los clásicos o adormitado con su libro apegado a su pecho, meditando en una patria grande y dejándose llevar muy quedamente por lo excelso de una paz arrullada por la lisura del murmullo de la cascada y el vuelo imperceptible de los quindes y de las mariposas.

Eras para mÍ un gigante lleno de enormes brazos que se movían lentamente como queriendo atrapar lo desconocido; eras indestructible, porque tus pies, con sus dedos enormes, se adentraban en la tierra sosteniendo tu tronco arrugado por los años. Parecía que nos mirabas con tus múltiples y grandes ojos y nos sonreías con tu boca desdentada cuando dábamos vueltas a tu alrededor o abrazábamos tu cuerpo, queriendo atrapar algún nido abandonado. 

Una mañana, al mirarte a Io lejos, no podía creer lo que observaba. Una rama muy grande yacía recostada en tu muro y reposaba moribunda en la calle. Debes haber luchado con los duendes que no te dejaban dormir en las noches de enigmática quietud y estos, con la fuerza maligna de sus sombreros, deben haber cortado una parte de tu altivez.

Me imaginaba al árbol herido en sus entrañas pero aún firme desafiando los tiempos, con su herida cicatrizada y su piel tomando nuevamente la savia vital de subsistencia.

Después comprendí y medité sobre Io efímero de la vida, porque hasta aquellos gigantes que parecían indestructibles, sucumben al paso de los años y apenas dejan huellas que se irán marchitando con el pasar fogoso de las horas.

Un día, en una tarde gris de desencanto, dejaste de existir y te fuiste llevando patrióticas ideas montalvinas escritas en tu entorno, forjadoras de juveniles rebeldías; te fuiste llevando historias de amor grabadas para siempre en corazones enamorados; te llevaste infantiles recuerdos de aguacates cortados por el viento, de juegos, de riñas escolares, de soles escondidos y roclos brillantes, de historia y de leyendas abrazadas a noches de penumbra. Te fuiste para siempre, dejando los espacios que se van perdiendo mientras pasa lo etéreo de este mundo cambiante.

Autor:  Rodrigo Herrera Cañar



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