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Enterrando a los muertos Baños

La última morada, funeral del finado difunto.


A 6909,8 km de tu ubicación

Enterrando a los muertos

Ya casi nadie entierra a los muertos en la tierra, todos nos hemos sofisticado. La última morada del "finado" es ahora de cemento, hecho por albañiles que ya cobran en dólares por los dolores de los deudos. 
Antes, la tierra recibía los cuerpos en hoyos profundos y los transformaba en polvo porque "polvo eres y en polvo te convertirás". Apenas una cruz blanca que se pintaba con cal para el Día de Difuntos o una cruz de color negro, hecha de madera, con el nombre del fallecido en un rombo o en un cuadrado en el cruce de la cruz, era lo que quedaba y de ahí colgaban las coronas y las tarjetas. 
Cuando las campanas de la iglesia tocaban a muerto, el panteonero sabia que tenía trabajo; alistaba el pico y la pala, contrataba a los ayudantes y se quedaban esperando que les señalen el sitio para cavar la tumba en la madre tierra. No importaba si al hacerlo salían osamentas de otras tumbas aledañas, osamentas que quedaban expuestas hasta ser enterradas nuevamente con el actual difunto. 
Cuando el cadáver llegaba con el cortejo fúnebre, el panteonero tenía ya las sogas para bajar lentamente el féretro y depositarlo en el fondo, a donde llegaba el llanto de quienes derramaban su amor, aunque este llanto fuere pasajero. 
Era algo impresionante ver cómo el panteonero hacia su labor. Parecía que a él no le llegaba la tristeza. Era como de barro su fortaleza que no dejaba ni siquiera escapar un rictus que demuestre nostalgia. "Estaba acostumbrado" a este tipo de trabajo. 

Se bajaba el féretro lentamente hasta ser depositado en el fondo del "hueco" y luego comenzaban a tapar el ataúd. Las primeras paladas de tierra se escuchaban profundas, con un eco que quizás no era muy fuerte, pero que parecía serlo en el dolor de los deudos. Muchas veces ese sonido se quedaba grabado en lo más íntimo del ser de los familiares y amigos. Era angustioso ver cómo el ser querido se quedaba cubierto de quintales de tierra y cómo era apisonado por el panteonero que parecía bailotear encima del cuerpo sin vida. Por último, una rama de chilca plantada en la mitad de la tumba, señalaba el sitio en donde fue depositado el cadáver, hasta que la cruz sea construida. 

Panteonero, cavador de tumbas, cuidador de la muerte, amigo de las ánimas noctámbulas que salen a recoger los pasos, guardián de fúnebres quietudes, tu solitaria estancia en los panteones te ha vuelto anacoreta. En las tardes, cuando la paz se hace más densa y el viento pasa silbando a nostalgias e indulgencias, ciñendo la piel de un frío diferente, recordarás los nombres de los muertos que dejaste descansando bajo tierra y talvez sueñes con blancas calaveras de ojos hundidos, con fémures y tibias que esparciste por el suelo para crear espacios para los nuevos muertos. Tú más que nadie sabes, panteonero, de tristezas y llantos, del amor que se queda en el vacío y de ingratitudes. Sabes que existen tumbas por siempre abandonadas, en donde simplemente florece la hierba regada por la lluvia del invierno; que las flores se quedan marchitas de año a año, y que las cruces y las tarjetas se van envejeciendo. 

¿Qué todo es en la vida? También es en la muerte, porque ahí está el espacio, que aunque tenga cenizas, está ahí presente la materia y quizás el espíritu está junto a las cruces, esperando a que lleguen aquellos que lloraron las ilusiones rotas. 

Autor: Rodrigo Herrera Cañar



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