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Exámenes Finales Baños

Los exámenes finales llegan a a Baños, las preocupaciones empiezan pero a la expectativa de terminar el año lectivo.


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Llegaba el mes de julio y con él, el invierno, los exámenes finales y las vacaciones. Las mañanas sombrías matizadas con la tenue llovizna característica de Baños, ponían en el ambiente un dejo de tristeza, que contrastaba con la alegría que sentíamos al acercarse los días en los cuales nuestros juegos infantiles se prolongarían a través de todo el día, para satisfacción de nuestros espíritus ávidos de libertad y sensibles ante un mundo ilimitado de juegos, de travesuras, que se tomaban las calles, las plazas, los cañaverales, los campos, las piscinas y todo espacio que podía albergar nuestras inquietudes infantiles.

Exámenes Finales

Pero, los primeros quince días de este mes, eran intranquilos y de mucha preocupación: teníamos que rendir los exámenes finales escritos y el temido examen ante los padres de familia. En el colegio de las madres dominicanas, nuestros padres, vestidos elegantemente, se ubicaban en el salón de actos mientras cada grado iba demostrando sus conocimientos bajo las preguntas exactas de los examinadores que, casi siempre, eran los inspectores escolares y los profesores de otras escuelas. En los establecimientos escolares fiscales, los padres de familia se ubicaban alrededor del aula aumentando así nuestro nerviosismo al sentirlos muy cerca de nosotros y en espera de las preguntas de nuestros propios profesores lo que, de otro lado, nos daba cierta tranquilidad, porque sabíamos que estas estaban hechas de acuerdo a los conocimientos recibidos. 

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Los rostros de nuestros padres se llenaban de satisfacción cuando alzábamos los brazos con desesperación para ser tomados en cuenta por el examinador y cuando contestábamos positivamente, muchas veces más allá de lo que se necesitaba decir, pero así mismo, cuando nos "pelábamos" y alguna vez las respuestas causaban risa en el auditorio, notábamos como se transformaban, con un rictus que demostraba desazón y pesadumbre.

Así llegábamos a culminar el año lectivo. Salíamos con la libreta de calificaciones en nuestras manos, con el pase de año y los diplomas, a vivir los dias más felices, elevando las cometas con mensajes hacia el cielo, preparando cacerías con las flechas compradas donde don Chicaiza, pescando pímbalos en las acequias, buscando aguacates, logmas y chamburos en los terrenos semi abandonados que rodeaban al pueblo; jugando a las escondidas, a la rayuela y al gato, a los pecados, a las rondas, a los mil y un juegos inventados con nuestra ingenuidad, que se han perdido con el pasar de los años.

En el campo, "los exámenes finales" eran esperados por los maestros de las escuelas del pueblo, porque sabían que serían delegados para recibirlos y les esperaba una fiesta a lo grande, "con cuy y gallina" y un gran baile con las muchachas más bonitas del caserío y con señoritas de la ciudad, invitadas que engalanaban con su elegancia y belleza tan magno acontecimiento. Nunca faltaban quienes no eran invitados pero llegaban allí, justo en el día de los exámenes, para ser participes del convite. Las autoridades del cantón también estaban presentes, aún más cuando se aproximaba la fecha de las elecciones y necesitaban los votos.

Ellos eran los homenajeados predilectos porque de esta manera, los habitantes de esa comunidad podían pedir las obras que hacían falta para vivir mejor. Los examinadores, nuestros maestros, los señores: José Torres, Alberto Sarabia, Dante Paredes, Alfonso Saá, el inspector escolar señor Medina, Neptali Zurita iban de caserío en caserío "tomando los exámenes" los mismos que debían realizarlos de una manera muy singular, para que los profesores queden bien ante los padres de familia y estos se sientan satisfechos con el rendimiento de sus hijos y demuestren su complacencia al brindar el agasajo programado. 
Las escuelas de Pondoa, La Palma, Chontilla, Illuchi Alto, Illuchi Bajo, Vizcaya, El Triunfo, El Porvenir, Río Blanco, Agoyán, El Placer, Guámag, Runtún, se engalanaban para recibir a los invitados y celebrar la terminación del año lectivo como merecían los alumnos y maestros, después de un año de trabajo. En el Normal otro era el ambiente.

Los exámenes llegaban constreñidos de frío y de angustia. Al finalizar la semana todos festejábamos. Los jóvenes de quinto y sexto curso salían directamente al Cali Bar y en años posteriores íbamos a los salones de don Suco Reinoso, de don Alejandro Barrionuevo, de don Antonio Barrionuevo, del Felipe, de la señora Mercedes Saá, a brindar con entusiasmo por la terminación del trimestre. 
llegaban por fin los últimos exámenes y el último dia de las despedidas. Allí se quedaban anclados en el tiempo los recuerdos, los primeros amores, las picardías juveniles. Se quedaban los cuadernos y los libros dormidos en silencio esperando el olvido. Se quedaba una parte de nuestras vidas. 

Autor: Rodrigo Herrera Cañar
 



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